Nos tienen “pillados” las grandes tecnológicas. Nos hacen tragar cantidad de tonterías en aras de vendernos cantidad de cosas, ideas y acciones provocadas y no meditadas. Y caemos en la red – o redes - sin remisión.
Los “feeds” en “scrolls” interminables de contenidos a cual
más insustancial que nos hace poco a poco insustanciales también a nosotros.
Pienso que no hay mayor peligro que no poder controlar la
situación. Los algoritmos nos atacan, nos han rodeado previamente y nos han
conducido por desfiladeros desconocidos y peligrosos. Nos dicen qué, con quién,
dónde, cuándo, cómo y no por qué. Y cuando nos explican por qué, nos lo dicen
con su propio y muy particular porqué. Por supuesto esto ya existe desde hace
mucho y ahora se incrementa exponencialmente con la inteligencia artificial que
se nos instala sin previo aviso, sin permiso, y nos acosa cuan mosca cojonera.
La escritora Rosa Montero dice que la IA provocará nuestra extinción de no poner serias leyes regulatorias y, aunque pueda parecer una
exageración no lo es en absoluto. De hecho, esto ya lo advirtió el mismísimo Geoffrey E. Hinton, uno de los padres de la IA. Y premio nobel de física. ¡Quién puede saberlo
mejor que él!
Algo que quizá se nos escapa es la dimensión explotadora laboral que tiene la IA. En este artículo de la revista especializada The Conversation nos lo aclara
Lo último es que recientemente las grandes empresas tecnológicas piden pisar el freno o al menos levantar el pie del acelerador ante el temor a una IA descontrolada peligrosamente.
Por supuesto que reconozco la utilidad de la IA y no podemos ocultar que la estemos utilizando desde hace ya tiempo el que más y el que menos en acciones habituales de nuestra vida tecnológica cotidiana. La cuestión es si somos esclavos del algoritmo y si merece la pena resistirse. Yo creo que sí merece la pena. Prefiero contemplar imágenes y textos creativos con los defectos propios de nuestra condición de humano a los clones que nos brinda las herramientas de IA gratuita (La otra mucho peor pues no nos permite distinguir la realidad de lo falso. Qué horror!)
Por eso celebro que nuestra pasión, el Tango no haya
sucumbido a esta tendencia. El abrazo tanguero sigue siendo físico, real
y nada virtual.
Mayormente nos conocemos en las milongas locales y en los
encuentros internacionales. Allí no asistimos porque ningún algoritmo nos lo
haya indicado, sino porque nos ha hablado muy bien un tanguero o tanguera que
conocí en tal o cual milonga, o porque ya estuve antes, o porque van mis amigos
tangueros, o porque baila o musicaliza alguien que me gusta… y otras posibles
causas análogas. El boca a boca nos funciona estupendamente a los del tango.
Conocemos ciudades, entornos y monumentos maravillosos
gracias al deseo irrefrenable de mover los pies alrededor de las pistas bien
pulidas abrazados a gentes extraordinarias.
Vivimos breves historias de amor mientras bailamos tandas
entrañables y estas se convierten con el tiempo en largas historias de amistad
y de amor que no rompen las ideologías o intereses.
Los kilómetros andados en cada evento nos hacen más fuertes,
más ágiles. Mantener el eje constantemente nos proporciona estabilidad no solo
física, también mental y emocional.
Somos afortunados porque todo lo hacemos a mano. Nada nos
dirige hacia el lugar o la situación que no queramos compartir, porque nos
movemos al compás del corazón.
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