Estas notas surgen motivadas por la inquietante noticia de lo acontecido en la milonga porteña Cahirulo el 21 de marzo de este 2026 y a la que luego me referiré.
Para mí, como para miles de tangueros y tangueras en el
mundo, el tango está inundado de multitud de luces, desde su contribución al
bienestar físico y psíquico, a la inestimable aportación a la relación social,
a la erótica del abrazo, al simple pero no menos importante deseo de buscar
las mejores y más glamurosas galas, los mejores zapatos que lucir en las
milongas y encuentros y el abandono del dañino sofá ante el televisor por el
saludable caminar y girar del 2 x 4.
Sin embargo, no podemos obviar algunas sombras que
pueden ensombrecer – valga la redundancia -esta noble pasión.
La quizá más importante para mí por estar completamente
asumida en la comunidad tanguera y por tanto poco cuestionada es la discriminación
femenina. El hombre invita y por tanto elige; la mujer espera a ser
invitada y por tanto permanece expectante durante a veces largos periodos de
tiempo cuando no la sesión completa de milonga a ser invitada. Y el cabeceo no
iguala oportunidades. Hay muestras que este fenómeno traspasa nuestras fronteras.
Y luego está la que motiva estas líneas, es decir, la
exageración en la aplicación de códigos porteños que desembocan en
simplemente mala educación.
Naturalmente que uno de los atractivos del tango pueda estar
en la tradición que arrastra y que todos conocemos más o menos; como los roles, el cabeceo o los códigos que algunos organizadores se afanan en difundir profusamente y
que, en principio no son ni mucho menos negativos siempre que no caigan en la
exageración, como he dicho. Todo en su justa medida.
La imposición de estrictas normas que podemos calificar de
obsoletas puede provocar sentimiento de rechazo, aunque lamentablemente también
puede poner de relieve acciones de pasividad ante hechos o actitudes injustas y
por tanto rechazables.
No voy a incluir en esta reflexión las posibles soluciones a
estas “sombras” que aludo pues considero que es la actitud personal de cada uno
de nosotros la que debe contribuir a que puedan ir disipándose hasta
desaparecer, y de hecho, en buena medida creo que ya está sucediendo.
Incidentes como lo que las crónicas nos cuentan del sucedido
en la milonga Cachirulo “ El organizador agredió y expulsó del local a dosmujeres por bailar juntas” Incidente provocado por el organizador, que no por las bailarinas residentes
en Londres que vivían apasionadamente el tango esa noche en Buenos Aires, cuna del tango muestran el culmen de
esas sombras a disipar.
Podríamos incluso considerar las dos sombras enlazadas en
cierto sentido. Las mujeres cansadas de la discriminación optan por liderar y
algún organizador lo castiga con la expulsión cuando no con la agresión verbal.
En todo caso, las reacciones posteriores han sido en su mayoría de repulsa y rechazo pero no se puede dejar pasar que, junto a la
concepción de unos códigos exagerados y claramente superados en el tiempo,
subyace también un menosprecio a la condición femenina y un abuso también. Me
hubiera gustado conocer la actitud del organizador ante dos fornidos bailarines
que vivieran juntos esas mismas tandas. Quizá hubiera mostrado la tarjeta roja
– o no-, pero hubiera cuidado las formas con toda seguridad. Y no menos
inquietante la actitud pasiva del resto de asistentes al vergonzoso hecho.
Quizá merezcamos en esto una condena por “negación de auxilio” aunque la pista
no sea evidentemente la carretera y la comparación pueda parecer odiosa. ¿Hubo
temor a intervenir por parte de los asistentes que manifestaron estar en
absoluto desacuerdo?
Por eso, las organizaciones feministas asociadas al Tango
son las que con más contundencia han reaccionado ante la noticia.
En las redes, por otro lado, se defienden todas las
opciones. Se alude al derecho de imponer las reglas y quien no
les guste…puerta!. Sin embargo, por regla general, incluso éstos consideran que
esas reglas no son adecuadas, pero se admite que puedan imponerse
“porque hay más lugares a donde ir”. Y por otro lado los que consideran que no
hay derecho a denigrar por hechos tan poco censurables en nuestro siglo
como es bailar entre dos mujeres.
En todo caso, el problema no debería estar en aceptar o no
las particulares reglas de un organizador, sino en considerar la pertinencia
de esas normas. ¿Merece la pena soportar la intolerancia en aras de la
tradición? No parece adecuado que un lugar público se convierta en un lugar de
escarnio e insulto a la clientela. Los derechos no asisten exclusivamente al
organizador, que tiene sus principios particulares, también o más al cliente
por cliente y por ser humano que tiene sus derechos como usuario de un servicio.
En este caso desde luego sería adecuado lo que los hermanos Marx nos dejaron
sabiamente: “éstos son mis principios, y si no te gustan, tengo otros”. No debería se una opción dejar de asistir a esta importante milonga porteña que es Cachirulo y que tanta gente ha pasado por sus pistas. Sería aplicable más bien que es de sabios rectificar.
Cuando en nuestras milongas vemos bailar la diversidad de
roles sin escandalizarnos pienso que estamos en el camino correcto. Falta
superar la sombra de la invitación masculina hasta tornarse paritaria.


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