miércoles, 23 de septiembre de 2020

NADAR ENTRE DOS OLAS

 


Se dice que no nos damos cuenta de lo que poseemos hasta que lo perdemos. Aunque este dicho está orientado hacia situaciones favorables no podemos descartar que también las desfavorables produzcan en nosotros esa misma percepción. Nos damos cuenta de lo buena que era nuestra existencia cuando esa existencia empieza a darnos problemas más o menos importantes. Seguramente que cuando esos problemas desaparecen, también nos percatamos de lo bueno de la nueva situación precisamente por contraste con lo mal que estábamos, aunque quizá no con tanta fuerza como la situación opuesta porque a lo bueno te acostumbras muy pronto y a lo malo no tanto.

Cuando en marzo el coronavirus frenó bruscamente la posibilidad de practicar la pasión que para mí, para nosotros, supone el tango, posibilitó la percepción de lo mucho que estaba perdiendo. Aunque intuía que como otros muchos los tangos en nuestras vidas los tenemos contados, no sentí claramente esa ausencia hasta que la primera ola de infección hizo recluirme en casa por tiempo indefinido. Por supuesto que el tango  no llega a ser lo primero en mi vida, lógicamente la familia, los amigos, la salud van por delante, pero sí supone la dosis necesaria de autoestima, la ilusión de seguir viviendo en sociedad, de practicar ejercicios físicos y psíquicos sin que supongan esfuerzo por lo placentero que supone practicar algo que agrada, que motiva. Esa primera oleada de incapacitación puso muy evidente lo que estaba perdiendo de una forma tan abrupta y contundente. La primera oleada de buena suerte que había disfrutado desde los años noventa cuando comenzamos a conocer la maravilla del baile, y a partir del 2000 del tango específicamente había pasado por nosotros como un hecho muy valorado y sin embargo silencioso, apenas percibido. Era el momento de comprobar que lo de “veinte año no son nada” era completamente cierto. Sin embargo esta interrupción forzosa también permitió aflorar ciertos sentimientos gratificantes. Permitió manejar mejor la soledad y la compenetración familiar, permitió practicar la esperanza y propició la lucha contra el desconsuelo y desolación. Aprendí a valorar la espera paciente desde el paseo por la naturaleza, la valoración de lo básico, la lectura, la simple contemplación de lo que me rodea, la meditación.

La segunda oleada de coronavirus ahora, en pleno verano - otoño, no por esperada y anunciada ha sido menos dolorosa. Consciente de que esta situación ha de pasar tarde o temprano, esta ola nos hace nadar a contracorriente. La esperanza de volver pasa por ser paciente por lo incierto de los plazos y pone el objetivo en preservar la salud a toda costa. De nada serviría llegar si se hiciese en malas condiciones.

Llegado aquí, sólo cabe especular con lo que supondrá para nosotros la llegada de la segunda ola de tango. Seguramente las expectativas no se corresponderán exactamente con la realidad cuando llegue. Los sueños de baile desenfrenado, milongas sin fin, encuentros sin cuento, abrazos profundos, con los que soñamos, muy probablemente llegado el momento nos harán volver a nuestra afición con aquella filosofía de tranquilidad de Fray Luis “como decíamos ayer…”. Aquí no pasa nada. Seguramente el placer de retomar nuestra pasión supondrá envolver en la bruma del recuerdo los malos momentos pasados durante muchos meses o incluso años. Ya digo, a lo bueno nos acostumbramos enseguida. Es muy probable que en un principio los abrazos sean tímidos y que entre tanda y tanda pasemos lista con el corazón en un puño, pidiendo por que no falte nadie.

Naturalmente esto puede no ser así. Me equivoco a menudo en mis apreciaciones. A lo mejor efectivamente tomamos el regreso al tango con el mismo ímpetu con que mucha gente  asaltó las terrazas de los bares tras el primer confinamiento. En todo caso esto no importa mucho cuando lo importante es el regreso a la normalidad.

Lo que seguramente quedará ya para siempre es el convencimiento adquirido de que la segunda ola de tango vino tras otras dos olas de maldición en la que hubimos de nadar a contracorriente para no perder la esperanza.

http://tangoenvalencia.es

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